Pocos platos han viajado tanto —y cambiado tanto— como el sushi.
Hoy lo disfrutamos en restaurantes de todo el mundo, pero su historia empieza hace más de mil años, en las orillas del río Mekong, muy lejos de Japón.
Allí, los pescadores conservaban el pescado fermentándolo con arroz y sal. Esa técnica se conocía como narezushi, y aunque el arroz se desechaba después, sentó las bases de lo que siglos más tarde sería el sushi que todos conocemos.

Con el tiempo, el método viajó hasta Japón, donde los cocineros locales lo transformaron: primero redujeron la fermentación, después la eliminaron, y finalmente dieron con una combinación perfecta entre pescado fresco, arroz avinagrado y precisión artesanal.
Así nació el sushi Edo-mae, en el Tokio del siglo XIX. Se servía en pequeños puestos callejeros, como un bocado rápido y elegante.
Nada que ver con la experiencia pausada y refinada que conocemos hoy.
En la actualidad, el sushi ha seguido viajando, adaptándose a cada cultura y reinterpretándose sin perder su esencia: el equilibrio.
Cada pieza es una mezcla exacta de textura, temperatura y sabor.
Una pequeña obra de arte efímera.
En Tanuki San seguimos inspirándonos en esa historia.
Nos gusta pensar que cada nigiri o maki que servimos es un guiño a aquellos primeros maestros que, siglos atrás, comenzaron este viaje del arroz y el mar.


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